Hacia la Eterna Indiferencia

En una ocasión me encontró el tiempo.
Era uno de esos días de nubes oscuras en el reflejo de su mirada, de olor a olvido y gris, de ojos rojos e hinchados.
No fue hasta que no se distinguían las gotas de lluvia de mi rostro con las lágrimas secas de mis ojos cuando un amplio paraguas color ceniza, desdibujado en el cielo, secó el agua que me calaba.
Su portador vestía un rostro triste como el día, una gabardina de recuerdos y una mirada muerta pero eterna.
-Debes aprender -comenzó a articular, su voz un rumor en el viento, un grito mudo que quería huír de la vida- que quién quiere de verdad, quiere en silencio, con hechos y nunca con palabras.

Mis pies descalzos se hundieron en un charco sin fondo.
Le vi alejarse, un trazo desvaneciéndose en el lienzo del tiempo.

No quiero escucharte decir te quiero.

1 comentarios:

  1. Madre mía, Nuria, cómo escribes enserio.
    Es que no creo que pueda decir nada más, aparte de que lo hagas más a menudo.
    Un beso!

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-¿Qué coño buscas?
-Nada, porque al huir se cede la voluntad a la renuncia
Nuria

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